LA CIUDAD, LOS MIEDOS Y LA REINSTAURACIÓN DE LOS ESPACIOS PÚBLICOS

CIUDADES

Por Claudia Laub

Ocurre con las ciudades como con los sueños: todo lo imaginable puede ser soñado, pero hasta el sueño más inesperado es un acertijo que esconde un deseo, o bien su inversa, un miedo. Las ciudades, como los sueños, están construidas de deseos y de miedos, aunque el hilo de su discurso sea secreto, sus reglas absurdas, sus perspectivas engañosas y toda cosa esconda otra.

—No tengo deseos ni miedos —declaró el Kan—, y mis sueños están compuestos o por la mente o por el azar.

—También las ciudades creen que son obra de la mente o del azar, pero ni la una ni el otro bastan para tener en pie sus muros. De una ciudad no disfrutas las siete o setenta y siete maravillas, sino la respuesta que da a una pregunta tuya.

Italo Calvino, Las ciudades invisibles.

Producto cultural, producto de cultura; producto social, productora de sociedad, la ciudad constituye un paradigma y un objeto. Un multimedia de mensajes y sentidos, de ruidos y silencios, de imágenes y palabras. La ciudad es la creación del hombre y, por eso, en su diseño y en la configuración de sus espacios podemos vislumbrar a la sociedad que la crea y la sostiene.

Desde Durkheim en adelante, la tradición sociológica ha considerado la ciudad como «el lugar de la máxima intensificación de los lazos sociales», identificación que nos muestra claramente las desigualdades patentizadas en los diferentes usos de los espacios urbanos. No es lo mismo vivir en el centro que en la periferia; y en la periferia se puede vivir en una casa humilde o en un barrio privado. La ciudad es el espacio de los cruces físicos y sociales, de grupos y sociedades. Lugar de luchas, contradicciones y mestizajes.

La ciudad incluye y excluye, iguala y divide, da seguridad y genera opresión. Sus fortalezas están hechas no solo de ladrillos y cercos; también hay muros mentales, políticos y culturales que conforman y deforman los territorios urbanos. País de paredes, dice Carlos Fuentes, México las construye primero, como todos los pueblos, para defenderse de las inclemencias del tiempo, del asalto de las bestias y luego del ataque de los enemigos. Pero enseguida, la fundación obedece a otras razones: primero, separar lo sagrado de lo profano. Luego, segregar al conquistador del conquistado. Y finalmente, alejar al rico del pobre.

La urbanización ha corrido paralelamente al incremento de la violencia urbana que sobrepasa, día a día, el crecimiento demográfico de las ciudades. Violencia que surge no como un hecho aislado y espontáneo, sino que es producto de una sociedad caracterizada por la desigualdad y la exclusión social. La violencia se construye y se activa a partir de la exclusión: exclusión del sistema de pertenencia que sujeta a un miembro con su grupo, con su comunidad, con su país y que es factor de contención e identidad. Por el contrario, la identidad y la inclusión se constituyen como significantes primordiales y representan el movimiento de ligazón con la ley, con la cultura, con las relaciones interpersonales, con el orden simbólico.

Contrariamente a una concepción de ciudad formada por individuos libres que tienen relaciones racionales, las metrópolis contemporáneas suscitan una multiplicidad de pequeños enclaves fundados en la interdependencia y heteronomía del tribalismo. El objeto ciudad es una sucesión de territorios en los que la gente, de manera más o menos efímera, arraiga, se repliega, busca cobijo y seguridad.

 

*Claudia Laub es presidenta de la Asociación El Ágora, en Córdoba, Argentina, un espacio de acción y reflexión que busca recuperar el principio de seguridad humana